domingo, julio 31, 2011
sábado, julio 30, 2011
viernes, julio 29, 2011
jueves, julio 28, 2011
miércoles, julio 27, 2011
martes, julio 26, 2011
lunes, julio 25, 2011
NO SE MUERE EL AMOR CUANDO SE AMA...
Si se marchita la flor
y cae su tallo,
no se muere la flor,
no se muere...
vuelve a su origen,
renovando la tierra
y si un beso,
ya no acaricia tu boca,
no se muere el beso,
no se muere...
sólo vuela a fecundar
otros labios.
Por eso,
cuando yo muera,
seguiré viva, mi amor,
seguiré viva... escondida
en la raíz de tu alma.
No se muere el amor
cuando se ama...
sólo cambia de forma
y de espacio,
sólo cambia.
domingo, julio 24, 2011
sábado, julio 23, 2011
viernes, julio 22, 2011
jueves, julio 21, 2011
EL PUEBLO...
Al parecer, el pueblo estaba abandonado. Le habían dicho que allí nadie entraba. John McNeef, era un muchacho decidido y como tal, se aventuró a recorrer el lugar.
Un viento helado le golpeaba la cara y de vez en cuando, un torbellino de polvo lo envolvía. Sin embargo, cerró los ojos, respiró profundamente y siguió avanzando a paso firme.
Al pasar el primer edificio, se percató que en su interior se escuchaban las voces de un par de hombres. Sin estar muy seguro, se acercó al alféizar de una de las ventanas y observó en su interior. Pero aquella habitación estaba tan vacía como la calle. Dispuesto a desafiarlo todo y aún sin entender, siguió avanzando por el lugar. De pronto, escuchó que alguien lo llamaba. Por un segundo se paralizó, la voz le era familiar.
¡John! ¡John!... y por fin lo divisó. Escondido entre unos baúles, se encontraba su mejor amigo, Marti Spencer. Un muchacho de aspecto desgarbado y sin ninguna pretensión en el vestir. John corrió y lo abrazó. Luego se acomodó junto a él, sentándose sobre las tablas apolilladas de la terraza. Los jóvenes comenzaron una conversación que duró hasta que el sol se perdió en el horizonte.
Al llegar la noche, vieron horrorizados como un centenar de personas salían de sus casas, haciendo su vida normal. Pasaban por su lado, como si nada. Entraban a los locales y se abastecían de los productos ofertados. Aquellos personajes parecían sacados de un cuento de terror, y sin duda, lo eran. Lívidos por el miedo, los dos amigos se quedaron ocultos hasta que el sueño los venció.
Al llegar la mañana, John y Marti, se incorporaron sacudiendo y arreglando sus vestimentas. Bajaron por la única calle, escudriñando en cada rincón. Nadie escuchó sus pasos. Pues como el día anterior, nadie había en el lugar.
Al llegar al final del camino, tomaron el sendero que los conducía a un bosque y luego a una colina. En la cima, divisaron la figura de una mujer. Los amigos se miraron. Ambos la conocían.
Con el corazón en la mano, John se adelantó y corrió cuesta arriba hasta que por fin, consiguió alcanzarla. Mary Ane Spencer, tenía una expresión de aguda tristeza. Su pelo y ojos negros, resaltaban ante la palidez de su rostro. No era la misma, aquella que había dejado hace algunos días atrás, al entrar en el pueblo. Sin embargo, con la emoción de quien ama por primera vez, la llamó. Su voz como un eco, se perdió en la inmensidad. Ella no respondió. Sólo se escucharon los sollozos de la joven, que frente a dos frías lápidas, lloraba desconsoladamente.
Las blancas piedras en sus epitafios, llevaban cada una y respectivamente, los nombres de John McNeef y Marti Spencer.
Un viento helado le golpeaba la cara y de vez en cuando, un torbellino de polvo lo envolvía. Sin embargo, cerró los ojos, respiró profundamente y siguió avanzando a paso firme.
Al pasar el primer edificio, se percató que en su interior se escuchaban las voces de un par de hombres. Sin estar muy seguro, se acercó al alféizar de una de las ventanas y observó en su interior. Pero aquella habitación estaba tan vacía como la calle. Dispuesto a desafiarlo todo y aún sin entender, siguió avanzando por el lugar. De pronto, escuchó que alguien lo llamaba. Por un segundo se paralizó, la voz le era familiar.
¡John! ¡John!... y por fin lo divisó. Escondido entre unos baúles, se encontraba su mejor amigo, Marti Spencer. Un muchacho de aspecto desgarbado y sin ninguna pretensión en el vestir. John corrió y lo abrazó. Luego se acomodó junto a él, sentándose sobre las tablas apolilladas de la terraza. Los jóvenes comenzaron una conversación que duró hasta que el sol se perdió en el horizonte.
Al llegar la noche, vieron horrorizados como un centenar de personas salían de sus casas, haciendo su vida normal. Pasaban por su lado, como si nada. Entraban a los locales y se abastecían de los productos ofertados. Aquellos personajes parecían sacados de un cuento de terror, y sin duda, lo eran. Lívidos por el miedo, los dos amigos se quedaron ocultos hasta que el sueño los venció.
Al llegar la mañana, John y Marti, se incorporaron sacudiendo y arreglando sus vestimentas. Bajaron por la única calle, escudriñando en cada rincón. Nadie escuchó sus pasos. Pues como el día anterior, nadie había en el lugar.
Al llegar al final del camino, tomaron el sendero que los conducía a un bosque y luego a una colina. En la cima, divisaron la figura de una mujer. Los amigos se miraron. Ambos la conocían.
Con el corazón en la mano, John se adelantó y corrió cuesta arriba hasta que por fin, consiguió alcanzarla. Mary Ane Spencer, tenía una expresión de aguda tristeza. Su pelo y ojos negros, resaltaban ante la palidez de su rostro. No era la misma, aquella que había dejado hace algunos días atrás, al entrar en el pueblo. Sin embargo, con la emoción de quien ama por primera vez, la llamó. Su voz como un eco, se perdió en la inmensidad. Ella no respondió. Sólo se escucharon los sollozos de la joven, que frente a dos frías lápidas, lloraba desconsoladamente.
Las blancas piedras en sus epitafios, llevaban cada una y respectivamente, los nombres de John McNeef y Marti Spencer.
miércoles, julio 20, 2011
martes, julio 19, 2011
lunes, julio 18, 2011
domingo, julio 17, 2011
sábado, julio 16, 2011
viernes, julio 15, 2011
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